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‘Gobernar el mundo’
Junio 12, 2009, 11:30 pm
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Reyes de Europa

J. Tejedor

Se cierra la puerta del autobús que debe llevar al Barça al Estadio Olímpico de Roma. Los rostros de los futbolistas, hieráticos, semblante serio, son el epicentro del áurela silenciosa de concentración que envuelve a la expedición blaugrana.

El denso silencio que copa la atmósfera se ve de pronto atravesado por los primeros acordes de violín del ya archiconocido ‘Viva la Vida’ de Coldplay. Tímidamente al principio, el ritmo ‘in crescendo’ de la terapia musical de motivación de Guardiola va penetrando en el alma de los jugadores casi como deslizándose. Las venas del cuello rebosan energía, el pecho se hincha en señal de respiración profunda que transmite confianza, serenidad y seguridad para afrontar el lance decisivo. El vello de los brazos de los futbolistas se eriza de repente, sin avisar, con un escalofrío que se entromete en el ambiente y se desliza por la espalda de cada uno de los miembros de la comitiva. Conscientes de la quimera que tienen delante, de la responsabilidad que recae sobre sus hombros, se miran entre ellos. La sintonía es total. La comunión, inmejorable. La simbiosis, irreversible. Están preparados porque han conseguido, en pocos meses, el arma más mortífera que existe en un terreno de juego: son uno.

“I used to rule the world…”. La primera frase de la canción es suficiente. “Solía gobernar el mundo”, recuerda con un susurro nostálgico y esperanzador Chris Martin. Puyol, sin apartar la vista del frente, es consciente de su papel: es el líder, el espíritu, el caràcter de este grupo humano. No puede fallarles. Hoy es el día que más le necesitan, el día en que, con la defensa lastrada por las bajas, deben frenar uno de los ataques más mortales del continente. El capitán se concentra en mantener unido al grupo para hacerlo fuerte. Messi cierra los ojos. Por su retina desfilan todos y cada uno de los eslàloms con que ha embelesado a todo el mundo. Sus genialidades. Sus toques. Sus goles decisivos. La medalla olímpica. La lesión que le apartó de París. El balón de Plata que le supo a poco. Es su día. El día en que debe demostrar que es, ya por fin y sin discusión, el número uno del mundo. Debe rubricarlo ante quien, por error, ostenta el galardón. Confía en sí mismo. Confía en el equipo. Sabe que no está solo, que sus compañeros le buscarán, y que él podrá buscar a cada uno de sus compañeros. Hoy es el día de sentar cátedra e iniciar una nueva era de reinado futbolístico. Está tocado por la gracia divina con que tan sólo unos pocos elegidos han sido dotados alguna vez.

Eto’o baja la cabeza. Él también gobernó el mundo, el mundo del área y del gol, del ser pieza clave, jugador decisivo e imprescindible. Dos lesiones y su bocaza le arrebataron su condición de intocable, y hoy es el día de rematar el férreo trabajo de toda una esforzada temporada y volver a convertirse en indiscutible. Iniesta y Xavi miran al tendido, al horizonte. No lo encuentran, puesto que es como su talento: cuando parece que han llegado al límite, al cénit, descubres que no tiene final. Sin ni si quiera mirarse, seguramente estarán maquinando al unísono cómo sentar a los correosos medios ingleses. Igual que en el terreno, se entienden simplemente con el pensamiento.

Piqué ha aparcado el I-pod y repasa mentalmente todos y cada uno de los mecanismos de la delantera del Manchester. Con Puyol desplazado al lateral y Touré como improvisado compañero, es el turno de Gerard de gobernar con majestuosidad y contundencia la zaga azulgrana. El marfileño parece tranquilo, con expresión indiferente. Como Henry. La presión no va con ellos: la constancia y el trabajo bien hecho durante muchos meses les proporciona la tranquilidad de que nada puede salir mal. La sangre fría va a ser algo fundamental en ambos para estar a la altura. Detrás de ellos, Valdés. Con heavy metal atronándole los oídos, el cancerbero dibuja una sonrisa de sobradismo y autocomplacencia que revelan que no piensa rebajarse ante nadie. Hoy no. Hoy no le van a batir.

Con los acordes de violín retumbando en sus sienes saltaron los once héroes al campo para gobernar el mundo. Y lo hicieron. Valdés estuvo monumental en los dos momentos clave. Eto’o derrochó garra y gol a las primeras de cambio. Se golpeó con fuerza las venas donde le hierve esa sangre caliente que, cuando arde, le convierte en imparable. “Lo llevo en la sangre”, parecía reivindicar un Eto’o insaciable. Puyol cohesionó e implicó al grupo con su despliegue de fuerza, coraje y sacrificio incansable. Piqué mandó y ordenó atrás como un veterano, mientras Fergusson se maldecía los huesos por dejarle marchar. Xavi e Iniesta inventaron, marearon, picardearon, fantasearon y deleitaron a todo amante del buen futbol. Lo suyo es otra historia. Juegan a otro ritmo, a otra velocidad. Escriben poesía con sus botas y un balón.

Y Messi, el más pequeño de todos, se elevó por encima del resto para coronarse como nuevo emperador del fútbol mundial. Con la testa, con la caja mágica donde maquina cada una de las obras de arte con que deleita a los más exigentes gourmets futbolísticos, sentenció con majestuosidad. Tras un remate impecable, de manual, aterrizó lentamente, una nube le posó como en volandas en el césped, con suavidad. Y se besó la bota, plasmando el amor con que realiza cada toque, ofreciendo el mimo que pone en cada regate, la pasión con que convierte cada uno de sus goles. Oro y laurel para las sienes del nuevo emperador del reino del fútbol.

En la sombra, en ese segundo plano que tanto adora, el artífice de todo. Guardiola, el hombre que fue capaz de coger a un grupo alicaído y deprimido para convertirlo en un engranaje de fútbol perfecto, con precisión suiza y ‘rauxa’ catalana. El maestro, el poeta, el pensador, el último profeta del fútbol moderno. Él también gobernó el mundo cuando cada balón, cada posesión del Barça tenía que pasar obligatoriamente por sus botas para cobrar sentido alguno. Hoy ha podido contemplar cómo un bloque hecho a su imagen y semejanza se ha elevado uno o dos escalones por encima del resto con un futbol muy pocas veces practicado.

El Barça vuelve a gobernar el mundo… del fútbol. Después de una temporada de un fútbol maravilloso, de ensueño, de avanzar en la liga y galopar en Europa. Se ha impuesto una filosofía, un ‘savoir faire’, una forma de entender la vida.

Hoy era un día para brindar. Más allá del resultado, se ganara o se perdiera, por lo que hemos disfrutado este año. El Dios del fútbol, si es que existe, ha demostrado que esta temporada aboga por la justicia y ha otorgado a cada cual lo que se merece.

Enhorabuena, campeones.




“Había llegado el momento de separarnos”
Julio 18, 2008, 12:05 am
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Ya está hecho. Rápido, previsible. Pero no por ello menos doloroso. El mejor jugador del mundo y probablemente de la historia ya no pertenece al Barça. Hoy, en su presentación en Milán, ha exhalado estas palabras que expiraban de entre sus labios como un suspiro que pretendía esconder un lamento que empañaba un día feliz.

 

Quizás Ronnie aún no ha asimilado que ya no volverá a enfundarse la elástica azulgrana, sentirá palpitar su corazón bajo el escudo por el que tanto ha dado y del que ha sido embajador en todo el mundo, y tras el tradicional “… y Ronnie: tú a lo tuyo. Diviértete y así ganamos seguro” con el que Rijkaard solía terminar las charlas, salir al campo a divertirse él, divertir a la gente y seguir haciendo historia.

 

Porque, guste o no, Ronaldinho es historia viva del fútbol: no se ha conformado con jugar al fútbol, sino que ha ido más allá y lo ha reinventado a cada jugada. El último en hacer eso fue Cruyff, que puso en práctica el llamado “fútbol total” con su naranja mecánica y luego lo perfeccionaría con el Dream Team culé. Este patrón del “todos atacan-todos defienden” impregnó rápidamente todo el mundo del balón y pronto se convirtió en lo que llamaron el “fútbol moderno”, cuyo invento se remite siempre a “el flaco”.

 

Ronnie ha ido más allá y ha fusionado el fútbol moderno, basado en un colectivo fuerte en que no tienen cabida las individualidades, con aquel modelo ya antiguo de Pelé, Di Stéfano e incluso Maradona, sustentado en un fuera de serie y diez más bajo la premisa “dádsela al que sabe”. Ronaldinho ha mezclado la filigrana, el malabarismo, el adorno, la artificiosidad, la belleza, con la efectividad, la agresividad, la verticalidad y el hambre de victoria obteniendo como resultado el ESPECTÁCULO. El Barça de Ronaldinho no era un equipo de Ronnie y diez más, al contrario: era un bloque, un colectivo fuerte, lleno de grandes jugadores, que contaba con la seguridad de Valdés, la clase de Márquez, el coraje de Puyol, la solvencia de Edmilson, la elegancia de Xavi, el baluarte de Deco, la genialidad de Iniesta y el gol y la garra de Eto’o, y que además practicaba el mejor juego colectivo nunca visto sobre un césped. Un gran conjunto, sí, imparable. Pero según los amantes del llamado “fútbol moderno”, incompatible con una gran estrella acaparadora y con ansia de protagonismo, como pretendían pintar a Ronaldinho.

 

Pero Ronnie es especial. Es un tipo generoso, alegre, humilde, sociable, solidario… su carácter es el del anti-crack. Sus cualidades de maestro de maestros y su actitud dentro y fuera de la pista convierten a Ronaldinho, más que en un futbolista, en una forma de entender la vida. Él le enseñó a este equipo cómo jugar. Que a pesar de sus diagonales largas a Giuly, los cambios de orientación de Márquez eran imprescindibles. Que a pesar de su gran desplazamiento de balón, la distribución de Edmilson era necesaria. Que a pesar de ser el líder indiscutible dentro y fuera del campo, Xavi debía ser el cerebro y llevar la batuta, el tempo y el peso del juego del equipo. Que a pesar de su llegada al área, los goles lejanos de Deco también eran indispensables. Que aunque el Elegido fuera él, podía potenciarse aún más si se combinaba con el talento infinito de Iniesta. Que aunque fuese de lejos el más desequlibrante, Eto’o era sin duda el más decisivo. Que su presencia no cerraba las puertas a los nuevos talentos, sino que Messi a su lado crecía a pasos agigantados. Ronaldinho enseñó a jugar a este equipo.

 

Ronaldinho, señoras y señores, dejó anticuado el “fútbol total” o “fútbol moderno” e inventó el “fútbol contemporáneo”: el “fútbol espectáculo”. Y quienes le critican, quienes no saben valorar su tarea no sólo en el Barça, sino en el mundo del fútbol en general, son aquellos que todavía no han sido capaces de hacer este cambio de mentalidad, esta evolución, y se han quedado estancados en aquella idea hoy en día ya anticuada de que un bloque de grandes jugadores no es compatible con una leyenda de la historia.

 

Todo el mundo está de acuerdo que él está no uno, sino dos o tres escalones por encima del resto. Y esto lo sostienen sus más fervientes seguidores, pero también (y lo que es más triste: sin ser conscientes de ello, porque si lo fueran quizás recapacitarían antes de menospreciarlo) sus más sanguinarios detractores: Los que dicen que el Barça se ha hundido por culpa de la ausencia de Ronaldinho están diciendo, con esto, que el Barça sin Ronaldinho no es nada. Cargarle con toda la responsabilidad del declive del equipo es una manera de reconocer que es el más grande de la historia. Si no lo fuera, si fuera uno cualquiera, el Barça no se hubiese resentido por su mal momento: en una plantilla de 22, si uno no está bien quedan 21 que sí lo están, y de estos 21 hay once que pueden mantener el listón. A no ser que, precisamente, el que no está sea el jugador más maravilloso de los habidos y por haber en la historia del fútbol.

 

 

Ronaldinho ya es un hito. Tiene aún 28 años, unos juegos olímpicos por delante y un nuevo reto que le entusiasma. Hoy, cuando ha saltado al césped de San Siro entre confetti rossonero y al ritmo de Queen, sus ojos brillaban de manera especial. Quizás, nostálgicamente, recordaba su presentación en Barcelona, y los flashes de los grandes momentos que vinieron después (golaços, voleas, espaldinhas, elásticas, rabonas, sombreros… y no sigo con el repertorio porque no termina nunca y podría extenderme sobradamente todo lo que quisiera), y se sintió con fuerzas para volver a repetirlo. Quizas, hoy, por primera vez en mucho tiempo, Ronaldinho ha vuelto a sentirse futbolista. Quizás sea campeón olímpico, gane una Champions en el Bernabéu (sería un buen guiño a los culés, siempre que no la gane contra el Barça) y repita campeonato del Mundo, esta vez como capitán de una verdeamarelha que ya sería hexacampeona.

 

O quizás no. Quizás no vuelva a levantar ningún otro trofeo, ya sea a nivel individual o colectivo (aunque esto no es decisivo a la hora de hacer balance y pasar a la historia como un Dios del fútbol: por seguir con el mismo ejemplo, la Holanda de Cruyff nunca ganó un Mundial). Quizás Ronaldinho no vuelva a rayar nunca al nivel tan alto que él mismo se puso en el Barcelona. Por otro lado, eso no sería del todo ilógico: nadie en la historia ha jugado y nadie lo va a hacer como Ronaldinho lo ha hecho en el Barça. Hoy por hoy, ya es una leyenda. Sólo falta que el tiempo lo ponga en su lugar.



Carta abierta a Ronaldinho
Enero 28, 2008, 11:18 pm
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J. Tejedor

Disculparán que, por una vez, el que firma se exprese en la otra de sus lenguas maternas, el catalán. Por acorde general del grupo de redactores de este blog, pactamos escribir nuestras intervenciones en castellano para dirigirnos a un público potenical más amplio, mas hoy me gustaría publicar algo que escribí hace tiempo y guardaba en el cajón de sastre.

Es una carta abierta que en su día mandé a Catalunya Radio y a la que Marc Negre y su equipo del “Tot gira” dedicaron un par de minutos para comentar, pues, en palabras del mismo conductor del programa, se quedaron todos “bastant frapats”. No sé si debo tomarme esto como un elogio o directamente fueron ellos quienes me tomaron por loco (lo comprenderán en cuanto vean el sectarismo desde el que está escrita esta carta abierta), pero no quisiera perder la oportunidad de publicarla en este blog del que soy partícipe.

Y qué mejor ocasión que la fecha de hoy, en que Ronaldinho ha recibido el alta médica y reaparecerá este jueves en casa ante el Villarreal en eliminatoria de copa o el domingo también en casa, como muy tarde. El contenido de la carta ilustra, simplemente, qué me gustaría decirle a Ronaldinho si tuviese la ocasió de debatir con él antes de su reaparición. Todos cuantos me conocen (y supongo que también cuantos me leen) saben de mi devoción por Ronaldinho, y en esta carta queda perfectamente plasmado. Así pues, sin más rodeos, les dejo con mi “Carta oberta a Ronaldinho”, no sin antes avisarles que está escrita desde la admiración y el profundo respeto que me inspira su figura.

“Estimat Ronnie,

No deixis que t’enfonsin. No podran amb tu. Ni la mort del teu pare, ni els crits de “mercenari” durant el teu últim Grenal, ni els mesos d’atur forçós abans de venir a Europa, ni la targeta vermella contra Anglaterra als quarts de final del Mundial 2002, ni l’ostracisme a què et va condemnar  Luis Fernandez l’última temporada al PSG van poder esborrar el teu somriure. Tampoc deixis que ho aconsegueixin quatre desgraciats desagraïts que no saben apreciar tot el que has fet pel futbol en general i pel Barça en particular.

Recorda que vas arribar a ser el número u indiscutible gràcies a la humiltat, la lluita, l’esforç, les ganes i el sacrifici. Recupera’ls. Recupera també la teva millor forma física perquè les teves cames puguin respondre les ordres del teu cervell. Recupera aquella imaginació, aquella màgia capaç d’hipnotitzar, encandilar i meravellar milions de persones amb un sol gest. Recupera’t a tu mateix. Però, sobretot, recupera el teu somriure.

El somriure que t’ha caracteritzat sempre i mai no has perdut. El somriure de la il·lusió de l’infant que encara ets, una il·lusió que has encomanat a tothom que mai t’hagi sentit a prop. Una il·lusió que va fer recuperar el somriure a una afició deprimida i un equip submí­s a la misèria futbolí­stica. El somriure que vas començar a perdre l’any passat, quan la relació amb la teva estimada pilota es va començar a torçar, potser perquè tu no vas estar a l’alçada de les expectatives que se t’havien imposat.

Però demostra-li que no tot està  perdut. Torna-la a acariciar amb tendresa, fes-la pujar fins a mantenir-la acomodada a la teva espatlla, prop de l’oïda i a tocar dels llavis. Llavors xiuxiueja-li com te l’estimes encara. Digues-li que no l’has oblidada, que no has pogut deixar de pensar en ella en tot aquest temps i que et desvius per recuperar el vostre idil·li. Torna-la a tractar bé, estigues per ella, i sentiràs com t’ofereix una altra oportunitat. Tots dos sabeu que vau ser molt feliços, però també sou conscients que la vostra història no pot acabar aquí­. El millor del vostre conte de fades encara està  per arribar, i quan decidiu tornar-ho a intentar aquí hi serem tots com a testimonis de luxe.

Fins i tot els que ara et dirigeixen els menyspreus més rotunds et tornaran a aplaudir, venerar i posar espelmes a la teva imatge el dia que juguem partits importants. Perquè en tornarem a jugar. Derbis contra el Madrid, partits decisius de lliga, finals europees, supercopes, mundialets… tornarem a lluitar com antany ho vam fer, i només si sabem tornar a patir, podrem tornar a vèncer. Però jo confio en tu, sé que treuras el geni que portes dins i tornaràs a dalt de tot, que és el teu lloc. Perquè, diguin el que diguin, siguis on siguis, vagis on vagis i facis el que facis, per a mi sempre vas ser, eres, ets, segueixes sent, seràs i seguiràs sent sempre el millor, el més gran.

Atentament,

 J. Tejedor

PD:

Alça’t, alçat: obre les gàbies dels teus anys,

Alça’t i comença a volar!!

Alça’t, alça’t: és l’hora de seguir endavant:

ALÇA’T I TORNEM A VOLAR!!!

(Obrint Pas, Alça’t [Fragment])



CUANDO SE PIERDE LA SONRISA
Septiembre 27, 2007, 11:52 pm
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J. Tejedor 

     

Hace ya unos diez años que vi jugar al fútbol a aquel niño. Era un chico delgaducho, moreno, con el pelo rapado y unos dientes grandes y feos. Pero él, lejos de acomplejarse, nunca los escondía. Mostraba orgulloso en todo momento la gran dentadura que ostentaba con la sonrisa más amplia y sobre todo más sincera que he visto nunca. Esa sonrisa histérica e incontenible, junto con dos ojitos negros juguetones, revelaban que se trataba de un niño revoltoso, travieso y descarado. Un niño que era capaz de sentar a Dunga, el capitán de la Tetracampeona del mundo, con la “finta del loco” (su famoso dríbling de rabona) y quedarse tan ancho. Se le veía feliz cometiendo injurias simpáticas como aquella. Los gritos de “mercenario, mercenario” que le brindó el público del club de su corazón el día de su despedida no eran suficientes como para difuminar el arco de sus labios. 

Pronto me di cuenta de que aquél churumbel del fútbol brasileño no era  en realidad tan niño como me había parecido a primera vista. La temprana muerte de su padre, cuando él aún se dedicaba a regatear a su perro en el patio de la favela donde nació, le había hecho madurar. Pero una tragedia como tal no logró arrebatarle su sonrisa. Él seguía exhibiendo orgulloso sus abultadas encías y sus desordenados dientes por los campos de su país. Cuando el candor de su sonrisa deslumbró más allá del “charco”, desavenencias por el precio de sus derechos de formación le mantuvieron apartado de los terrenos de juego durante seis meses. Un periodo de tiempo que no le supuso la pérdida de las ganas, el hambre, la garra, la chispa, el regate, la visión… ¡la fantasía! con la que después encandilaría al resto del continente. Y lo que es más importante, este duro trago tampoco logró marchitar su estrambótica sonrisa. 

El niño siguió creciendo y asombrando a todo cuanto osaba observarle bajo lupa para poner en duda sus cualidades. No obstante, nunca perdió aquella chispa de travesura y descaro que le llevaron a batir a todo un David Seaman en los cuartos de final de una Copa del Mundo desde casi el centro del campo. Ni siquiera el hecho de ser expulsado pocos minutos después le hizo perder la alegría que desprendía su expresión facial, puesto que era consciente de que sí estaría para disputar la gran final que le coronaría a escala mundial. Tampoco le hicieron perder la sonrisa las diferencias con su entrenador la siguiente temporada: era consciente que, después de aquél año de trámite, daría el salto a un club grande y eso le daba fuerzas para seguir mostrando al mundo los frutos de sus encías. 

Pronto llegó al Barça y la sonrisa del mago se consolidó como perenne: la alegría que desprendía su brillantez impregnó a una afición y un equipo desilusionados y de capa caída. El primer año en el Camp Nou se destapó como el mejor jugador del planeta y uno de los mejores de la historia. El segundo llegaron el buen juego y el primer título. En su tercera temporada llegó al cenit, la cumbre, el clímax de su carrera deportiva: estaba no uno, sino tres o cuatro escalones por encima del resto. A título individual era sin discusión el número uno del mundo y quizás de la historia. Y a nivel colectivo, su equipo era el que mejor fútbol había sido capaz de desplegar por lo menos en los últimos quince años.  

El sueño de todo aspirante a futbolista estaba cumplido. No podía pedir más. Estaba escribiendo la historia del balompié en letras de oro tanto individualmente como a título de equipo. “Ronaldinho” era un nombre que convertía en irrisorios adjetivos como “fantástico”, “mágico”, “apoteósico”, “genial” y muchos más sinónimos que quedaban en nada. Como decorado de lujo, el nombre del F.C. Barcelona. El Barça de Ronaldinho estaba ya a la altura del Barça de las 5 copas, del Dream Team, del Barça de Cruyff, Neeskens, Asensi, Reixach y compañía y, por supuesto, muy por encima del Barça de Maradona o el de Ronaldo. Sin duda se trataba de un gran colectivo con grandes individualidades como la seguridad de Valdés, el liderazgo de Puyol, la entrega de Deco, la imaginación de Iniesta, la clase de Xavi, la fantasía de Messi o la garra de Eto’o. Pero, por encima de todo, este era El Barça de Ronaldinho. 

El niño seguía siendo un niño que sonreía con total sinceridad cada vez que algo le ilusionaba o le gratificaba. Pero eran tantos factores de felicidad suprema que se sobreponían que ni la inmensa sonrisa del infante podía abarcarlas. Fue forzando y forzando las comisuras de su boca hasta que estas se empezaron a rasgar, y cuando no pudo aguantar más verlas sangrar de su esfuerzo decidió aflojar un poco su exuberante expresión de la felicidad. Y la sonrisa se fue difuminando. Y se transformó en una boquita de piñón que transmitía seriedad, incluso indiferencia. Era un “vale, con 26 años y en tres temporadas ya he conseguido todo lo que tenía que hacer para pasar a la historia como el más grande… y ahora, ¿qué?”. 

La falta de ilusión e incentivo convirtió la cuarta temporada de Ronaldinho en el Barça en un peregrinaje pesadumbroso, cansado, indiferente y decepcionante. Quizás sea verdad que las salidas nocturnas pasaran de ser una evasión y una recompensa después del esfuerzo de un triunfo a convertirse en un elemento más de una rutina que ya no le llenaba y no le impulsaba a seguir hacia delante. Ese vacío interior, ese sentir que, una vez alcanzado el nirvana futbolístico, ya no había motivo por el que seguir esforzándose a ser el mejor (para qué, si ya lo era?), fue lo que perdió a Ronaldinho. Eso encendió al sector más conservador del Camp Nou una minoría pesimista y cascarrabias que está esperando siempre al mínimo desliz de cualquier futbolista para saltarle al cuello. Y como más bueno sea el futbolista, más pequeño puede ser el error para que haya que crucificarlo con una lanza entre las costillas. 

Una minoría que, sin embargo, perdonó la charlatanería de Eto’o y sus salidas de tono, la mala gestión del vestuario por parte de cuerpo técnico y directiva, la apatía de Zambrotta, la baja forma de Oleguer… todo olvidado, excepto a Ronaldinho. Igual que a su mejor amigo, Motta, al que silbaron incluso el día de su despedida, en uno de los mejores partidos que se le recuerdan con el Barça (gol incluído). Se ha perseguido a Ronaldinho pistola en mano, lupa entre líneas, coma por coma, punto por punto. Y se le ha criticado hasta por beber agua después de los entrenamientos. Me remito al primer párrafo para recordar que ni siquiera los pitidos de la afición que lleva en el corazón consiguieron borrar la sonrisa. Sí lo han hecho los del Camp Nou. Han conseguido torcer la curva 180º hasta transformarla en el más sincero llanto de un niño cuando su padre, al que admira y venera hasta la saciedad, le regaña sin miramientos por una causa injusta. 

Un padre que Ronaldinho nunca tuvo y que creyó haber encontrado en la grada del Camp Nou, a la que ama con delirio. Pero ahora ha encontrado que no ha sido así: el desagradecido y amnésico público del Camp Nou le traicionó dándole la espalda y propinándole abucheos que ni al mismo Figo el famoso día de la cabeza de cerdo. Se ha tratado al mejor jugador del mundo (y por qué no de la historia) de una forma injusta e inmerecida. Y si realmente no es tan grande, no habérselo hecho creer cuando estábamos a tiempo. Pero lo es. Vaya si lo es. Por eso ahora no debemos negárselo. 

Ahora hay que estar con él y apoyarle. Se siente solo, traicionado y, por primera vez en su vida, quizás asustado. Debemos entre todos poner un par de dedos en ese mentón y hacerle levantar la cabeza. Que se dé cuenta de cuánto lo queremos. Si no fuera así, no hubiésemos mostrado decenas de pancartas el día en que él no estaba, ni hubiésemos coreado su nombre el día en que no participó de la fiesta colectiva familiar. 

El aficionado del Barça es un gourmet balompédico y por eso ama a Ronaldinho, por ser el mejor chef de la actualidad en estos páramos. Y Ronnie es joven, tiene bastante fútbol por delante. Una vez auguró que jugaría diez temporadas en el Barça, y así esperemos que sea. Sólo debemos arroparle para que se sienta confortado, seguro, y vuelva a arrullar a su más preciado tesoro, el balón. Sólo él sabe mimarlo como se merece: con ternura, con amor… un idilio perfecto que esperamos poder tutelar muchos años más aquí en Can Barça. Porque Ronaldo d’Assís, que así se llama el niño, era, sigue siendo y será siempre el mejor.



Relato de un romance de verano
Septiembre 24, 2007, 4:22 pm
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por J. Tejedor

El nuevo Camp Nou ha sido presentado con motivo del 50 aniversario

Todos sabemos que el verano es una época agitada para el amor y las relaciones. Hay dos mitos latentes en ese aspecto. Como suele ocurrir, son dos argumentos antagónicos. Existe un ying, pero también un yang para las relaciones amorosas en verano. Siguiendo la lógica de los chistes malos, me tomaré la libertad de empezar por la mala versión.  

Cuentan las malas lenguas que el verano es una pésima época para las parejas: relaciones sólidas, consolidadas, fuertes y con un futuro latentemente feliz y seguro se rompen en ésta época. Hay descarados que afirman que es el exceso de tiempo de convivencia, que se ve sensiblemente aumentado, el que provoca desavenencias que desembocan en rupturas. Los más osados incluso afirman que normalmente hay terceras personas implicadas: el calor veraniego implica cuerpos más desnudos, y la piel al descubierto conlleva una mayor secreción de feromonas que se deslizan y son transportadas con mayor facilidad por el denso pero fluctuoso aire caliente.  

Y esta versión nos trae al lado opuesto del asunto. Corre otro mito que afirma que en verano fructifican con mayor asiduidad las relaciones. Suele tratarse de romances efímeros, normalmente con personas desconocidas y en numerosas ocasiones llegadas a nuestras costas catalanas con el fin de pasar un espléndido verano practicando el turismo de las tres “S”. La mayoría de estas relaciones terminan cuando el movimiento de translación de la tierra la ubica de nuevo lejos del calor del sol, vuelven las lluvias, el calor se desvanece y los veraneantes vuelven a sus países de origen. 

Si me permiten, hoy me gustaría hablarles de una de estas últimas relaciones. Calificado de libertino por algunas de mis amistades más próximas y sin complejos a la hora de romper los ridículos tabúes establecidos alrededor de la sexualidad, no se escandalicen si me excedo con los detalles en algún momento puntual en mi relato. Pueden pensar que es puro paganismo, pero les aseguro que simplemente pretendo explicar los acontecimientos tal y como los percibo desde mi humilde posición. 

La señora Arena tomó el avión rumbo a Barcelona dispuesta a pasar unos días de desconexión en la ciudad Condal. Durante su estancia, tenía planeado asistir a la fiesta que el ginecólogo Norman Foster había organizado en su estudio privado. Foster la recibió con una amplia sonrisa y enseguida le presentó al señor Agbar. “Allianz, éste es Torre”, la introdujo. La señora Allianz Arena en seguida se sintió atraída por la mirada penetrante de don Torre Agbar. Éste, asimismo, se sintió cautivado por la sonrisa de perlas blancas de Allianz. Entre risas estúpidas, conversaciones simples y copas de ponche y canapés, se fueron conociendo y su compenetración fue más allá de un primer flechazo.  

Se hizo muy tarde y el doctor Foster dio la fiesta por finalizada. Entonces don Agbar, como buen anfitrión de la ciudad, se ofreció a acompañar a la señora Arena a un hotel. Ella, en agradecimiento, le invitó a subir a su habitación a tomar la última copa. Torre accedió, y pasó lo inevitable. Allianz se rindió a los encantos de él, se fueron abrazando, besando por toda y cada una de las bigas de su estructura, hasta que el techo retráctil de Allianz se abrió y la cúpula dio paso a la cópula con la fálica estructura de Torre Agbar. Fue un romance de una noche de verano, donde el alcohol y las risas tuvieron mucho que ver, pero se encontraron con un embarazo inesperado. La señora Allianz tuvo que regresar a Alemania y el señor Agbar no podía hacerse cargo de ese embrión. 

Entonces el doctor Foster, sintiéndose responsable del asunto, llamó a su amigo F.C. Barcelona. Barça, como se le conoce familiarmente, había visto acrecentada de forma repentina su familia y buscaba una nueva casa, pues el viejo Camp Nou no bastaba para acoger a toda la familia. Tras unos meses de dubitación, finalmente se decidió a adoptar el proyecto que Foster le ofrecía. El mismo doctor se encargó de mandar las primeras ecografías al club que, entusiasmado, no tardó en presentar su proyecto en sociedad. 

En este proyecto inicial hemos podido observar básicamente que, estructuralmente, el niño saldrá a la madre. Es inevitable pensar en el Allianz Arena tras echar un primer vistazo a la maqueta. Pero con el añadido que ha heredado los colores de su padre, además del rasgo propio de contar también con el amarillo para completar el cromatismo de la senyera. Dicen los más críticos que hay demasiado blanco en el diseño de este estadio. Pero cabe no olvidar que el blanco es el color de la pureza, el color de los ángeles, el color que más hace brillar la luz y el color de la piel de Messi y, sobre todo, de Iniesta, los dos brujos que más iluminan actualmente el Templo de Magos del Barça y dos de los que más prometen brillar en los inicios de este nuevo coliseo blaugrana.  

Sinceramente, a mí el nuevo proyecto me gusta. Será impresionante contemplar a pie de estado los enormes tallos de vidrio con los colores de mi corazón. La gran iluminación mostrará al mundo entero que somos un club que brilla con luz propia y que desplegamos un juego que deslumbra a cualquiera. La grada cubierta alentará al público a acudir al estadio aunque llueva, y el techo retráctil transparente (otro elemento heredado de su germana madre) evitará nuevos choques en patatales, encuentros suspendidos por miedo a jugar al waterpolo y facilitará la conservación del césped ante el frío glacial del mes de enero y el calor sahariano del mes de agosto. 

También empiezan ya las quinielas sobre cómo debe llamarse el venidero. Muchos apuestan por ponerle el nombre de su antepasado más pretérito, Hans Gamper. Otras voces se han levantado en pro de llamarlo como a su abuelo de adopción, Nicolau Casaus. Sea como fuere, este estadio ha de culminar el rol del Barça en el mundo, más allá del fútbol: como entidad solidaria, como ejemplo de valores, como sentimiento de identidad… que podamos sentirnos orgullosos de poder afirmar con certeza que (a propósito de luces) Barça est lux mundi.



“In Memoriam”
Agosto 29, 2007, 3:15 pm
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Por J. Tejedor 

 foto de gaucho68 en 28/08/07

La primera vez que oí hablar de Antonio Puerta fue cuando, siendo aún un chaval con ficha de filial que hacía sus primeros pinitos en el primer equipo del Sevilla luciendo el número 27, se convertía en héroe al marcar el gol k clasificaba a su equipo para disputar la final de la UEFA por primera vez en la historia: “El gol que cambió nuestras vidas”, lo llamaron.

Ya sea porque es zurdo (como yo), porque juega de lateral (o medio) izquierdo (como yo) o simplemente por ser la cuarta perla (después de Reyes, Ramos y Navas) de la cantera del Sevilla, despertó mi atención y le observaba de una forma especial en los partidos. Me di cuenta de que lo tenía todo para ser el mejor lateral izquierdo español que he visto jugar: podía dejar atrás a Del Hornos, Capdevilas, Romeros, Sergis Barjuans y un largo etcétera en el que no incluiré a Raúl Bravo o Aranzábal para no injuriar contra esta noble demarcación.

Incluso este pasado viernes, cuando se me ocurrió dejar caer que “ojo con Puerta, que este chaval no dura dos años más en el Sevilla”, uno de mis mejores amigos, que tiene un ojo muy clínico para este deporte, me respondió que “yo lo digo hace tiempo: no sé dónde van el Barça y el Madrid a fichar laterales, teniendo en nuestra liga a uno que llegará a ser de los mejores de Europa”. Al igual que nosotros, todos los medios i gran parte de aficionados al fútbol empezaban a reconocer en Puerta un excelente futbolista además de un profesional modélico. Varios grandes clubes europeos habían ya preguntado por él y parecía uno de los fijos en la lista de Luís para la Eurocopa del próximo verano. No obstante, 24h después de nuestra conversación, llegó el primer ataque cardíaco. Y el segundo. Y el tercero. Y así sucesivamente hasta los nueve que ha llegado a sufrir en estos tres días.

De nada servía que desde el club se quisiera transmitir la posibilidad de un milagro, puesto que los partes médicos eran cada vez más desfavorables. Cualquier persona que haya visto jugar a Puerta sabe que tiene un físico fuera de lo común, decir que era “un toro” se queda corto. Por eso ha resistido hasta nueve crisis: cualquiera de nosotros no hubiera pasado de la tercera, con un poco de suerte.

Me ha gustado el gran apoyo popular hacia su persona, pero no me ha gustado la liviandad con que algunos medios de comunicación han tratado la noticia, la banalización que se ha hecho del asunto. En muchos programas han aprovechado para hacer leña del árbol caído, hurgar en la herida y buscarle la parte morbosa al acontecimiento. Demasiadas veces he tenido que oír recalcado que Puerta tenía SÓLO 22 años y k su mujer estaba EMBARAZADA DE 7 MESES.

Ahora está de moda declararse sensible y que las cosas nos afecten, y soltar lagrimitas por cualquier cosa (no importa qué) nos hace quedar como héroes porque significa que somos muuuuy pasionales y tenemos los sentimientos muuuuy a flor de piel. Pero ese lado morboso y pseudos-sensiblón del asunto ha conseguido que mucha gente que hasta hace 2 días no sabían quién era Antonio Puerta y que ahora mismo aún no sabrían distinguir su rostro hayan llorado por él: ¡Cómo les ha afectado k un joven de 22 años a punto de ser padre fallezca de un ataque al corazón! ooooix tan jooooven, con una carrera taaan prometedooora (señora! si no sabe ni de qué jugaba!!), con la mujer en estaaadoooo…

Sinceramente, me parece una falta de respeto. Porque hay mucha gente que sí lo siente realmente, que ha quedado muy afectada por este suceso, y que esto se convierta en un fenómeno social, una vulgar moda, es una ofensa a su luto. A mí, sin ir más lejos, me ha dado la noticia una persona más o menos cercana a la plantilla del Sevilla. Sí, por suerte o por desgracia lo he sabido poco antes de que apareciera en internet y por la tele. La persona que me lo ha dicho estaba destrozada. Yo también estaba tocado, porque admiro el deporte i admiro a los deportistas como Puerta, y admiro a Puerta en concreto. Era un “ídolo de posición”, que se dice, y me ha tocado mucho lo que le ha pasado. Me he quedado tan helado que no he encontrado ni siquiera una palabra para levantar la moral a mi amiga. Pero he pensado k montar un drama y simular que estaba tan o más afectado que ella podía ser considerado una burla. Por eso le he mostrado mi pesar y mi pena con rigor, pero sin más.

“Ha muerto Francisco Umbral. No, no era futbolista… sólo escribía”. Gran Nick, Maese. Puerta era un hombre trabajador, discreto, al k le gustaba cumplir con su trabajo lo mejor que sabía y pasar desapercibido. Sin alardes, no quería ni fama ni gloria. Todo eso le sobraba. Era uno de los mejores jugadores del equipo de sus amores, al que siempre había soñado llevar a lo más alto y lo estaba consiguiendo con un papel de estandarte. Su afición así se lo reconocía, y eso ya le bastaba. Se sabía una pieza más de un engranaje perfecto que funcionaba con suiza precisión. No quería baños de masas, ni grandes contratos publicitarios, ni explotar su imagen… nada.

Por eso, que hoy le llore tanta gente que la semana que viene ya no recordará ni su nombre es una injuria hacia su recuerdo. Todo el circo mediático que se ha montado alrededor de su fallecimiento y del que se ha rodeado su funeral va contra el credo y los principios del que era un hombre humilde, sencillo y noble.

Era de los jugadores más amados en el vestuario por su vitalidad y su gran sentido del humor, y por ello era de los más mimados por la afición. Pero de cara al eco mediático que envuelve el mundo del fútbol y convierte a los jugadores en simple mercadería, Puerta era un gran desconocido. Y lo era porque él así lo deseaba. Tenía un sueño: triunfar en SU Sevilla. Y lo estaba cumpliendo. No tenía la necesidad y nunca quiso ser un fenómeno mediático, sino un hombre íntegro, y realmente lo era. Dejémosle k se vaya como tal, no banalicemos su desdicha.

Lo único que me consuela es que los verdaderos amantes del fútbol, abanderados por los Sevillistas, pero también el resto de auténticos devotos de este deporte, nunca olvidarán a Antonio Puerta, como tampoco han olvidado el último vuelo del “Falcón” Miklos Féher o los ojos en blanco de Foé…



‘RISORGIMENTO’
Julio 17, 2007, 11:15 pm
Archivado en: Futbol es pasión

por J. Tejedor

Después de muchas semanas, demasiadas quizás, retomamos la actividad en este pequeño rinconcito de la web en el que nos tomamos la libertad de expresar a nuestras anchas las distintas opiniones que comprende el grupo de colaboradores de este espacio. Nuestras respectivas ocupaciones personales, entiéndase por ello compromisos laborales y estudios, nos han impedido estos dos últimos meses mantener el blog en actividad con la constancia, la dedicación y el esmero que creemos que se merece. Pero ahora que algunos de los miembros de esta comunidad no sectaria disponemos ya de más tiempo libre y esperamos que pronto lo hagan la totalidad de los que aquí firman, decidimos volver a la carga con nuestra amada “futbolitis”. 

Para iniciar el resurgir de esta página me gustaría maldecir nuestros huesos el día en que decidimos el nombre que usaríamos como dominio en internet. Tras varias propuestas que no nos convencían a ninguno, apareció el nombre de “goal average”. Una voz de las que comandaban el proyecto argumentó que sonaba “fresco, novedoso y puntero, pues marca la diferencia entre el campeón y el derrotado”. Mi posición personal no era de oposición total a llamar así a nuestra web, ya que estaba de acuerdo con que “goal average”sonaba muy bien y muy “cool”, pero sí que apunté que era la manera más ruín y más cobarde de ganar un campeonato. 

Y un castigo divino recayó sobre todos nosotros por no reparar en ese detalle. Este año la Liga se decidió gracias a esta desafortunada norma (lo que, por otro lado, nos debería haber dado cierta publicidad) y el resultado fue el peor posible. Mientras a la Federación se le llena la boca proclamando que la liga es el torneo que premia la REGULARIDAD, la constancia de los equipos, permite que su resolución sea así de nefasta: el goal average particular es el que decide el campeonato en caso de que dos equipos estén empatados a puntos tras disputarse la última jornada. 

El equipo que más merecía este galardón a la REGULARIDAD se “retiró” de la lucha a falta de varias jornadas para el final: superar a sus dos rivales era prácticamente imposible, y en caso de que les alcanzase la diferencia de goles en enfrentamientos directos le era siempre desfavorable. Por lo tanto, con dos finales a la vista, centrar los esfuerzos en la liga era un desgaste innecesario e infructuoso de energías. Eso bipolarizó la lucha por el campeonato en las últimas jornadas entre los dos aspirantes que menos merecían el título: uno por practicar un fútbol paupérrimo, rancio, a trompicones y ganando los partidos en el último minuto con goles de dudosa legalidad. Otro, por haber demostrado saber practicar un fútbol de fantasía y no haberlo hecho por distracciones ajenas, problemas mediáticos y de disciplina y un pésimo trabajo físico en la pretemporada. Finalmente, el título se decidió a favor del primero por el goal average particular. O lo que es lo mismo: una lesión puntual y una expulsión injustas.  

¿No sería más lógico que, en un torneo (repito) en el que se premia (como a la RFEF se le llena la boca) la regularidad, se computaran los goles realizados durante TODO el campeonato? ¿Cómo es posible que un equipo que gane 36 partidos 1-0 y de penalti pueda quedar campeón por delante de otro que gana 36 partidos 27-0? Y ya, si se quiere rizar el rizo, se podría calcular el “goal average por partido”. Sería algo así como calcular la media de goles a favor por partido de cada equipo y restarle la media de goles en contra por encuentro. Sí, ya sé que esto es ridículo, tan ridículo como la norma que rige actualmente. 

Cuando hay dos equipos igualados al frente de la tabla, bien es cierto que para saber cuál de los dos merece más el título es conveniente averiguar cuál es el mejor de ambos. Pero esto no se soluciona mirando cuánto quedaron en los partidos de la liga regular, cuyo resultado puede venir marcado por un (o varios) error(es) arbitral(es), una lesión puntual, una sanción… Así pues, como ocurre en otras ligas del mundo, la solución más justa deportivamente hablando sería que se disputase un partido de desempate en un terreno neutral.                                                                                                               

Si la solución es ver cuál de los dos es mejor en enfrentamientos directos, ¿qué mejor que un partido único, a cara o cruz, para decidir el título? Teóricamente, ese todo o nada, ese gloria o humillación, tendría que motivar a los jugadores de forma que derrocharan todo lo que llevan dentro en un campo de fútbol, que defendieran su orgullo personal y el de los colores que defienden. Pero aquí el único orgullo tanto de jugadores como de organizadores es poder lucir su nuevo coche, y el único color que se siente es el verde de los billetes… y en el plano deportivo, que siempre es lo de menos, ya les conviene a todos que sigan ganando los de siempre.



Esta vez sí: “Fem Por!!!”
Abril 5, 2007, 5:05 pm
Archivado en: Futbol es pasión, Opinión

Por J. Tejedor 

Brilla bajo el sol una camiseta naranja. En ella aparece un escudo del Valencia C.F. caricaturizado cuyo murciélago sonríe maliciosamente mostrando unos afilados colmillos. Ilustrado con trazos sumamente rectilíneos para acentuar su agresividad, el emblema del escudo Ché frunce el entrecejo insolentemente a modo de desafío a todo aquél que ose sostener su mirada. Agita las alas con fuerza para corroborar lo que desde hace meses se venía intuyendo: el Valencia ha vuelto a remontar el vuelo para colocarse de nuevo entre los mejores equipos del panorama futbolístico europeo. 

Tras sus dos derrotas en sendas finales de Champions en 2000 y 2001, parecía que el ocaso del conjunto del Xúquer había llegado. Después de dominar a todo un gigante europeo como el Bayer de Munich y rozar la gloria durante todo el encuentro y la tanda de penaltis, sucumbir en la maldita lotería de los once metros parecía un mazazo del que el Valencia no podría recuperarse, sobre todo tras la posterior desbandada de buques insignia del equipo tales como el “Piojo” López, Farinós o el capitán Mendieta (todos recordamos al presidente Roig despidiendo con lágrimas en los ojos al que calificó como “el murciélago del escudo”). Parecía el agrio despertar de un equipo humilde al que le habían tocado las doce campanadas y debía volver a cambiar sus lujos por harapos.  

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