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Por Sergi Falcó

“Al fútbol, a sufrir, que así se olvidan de comer”
Un buen día, desde los despachos del Manzanares, alguien decide cambiar el himno de ‘su’ Atleti. Por hacerlo más acorde a sus “características de club”, dice, encarga a don Joaquín Sabina que componga una cancioncilla. Los ancianos la cantan a la vez que sufren con El Niño y sus compañeros. El Atlético es el ‘equipo del pueblo’ en España. Incluso se dice que el rey es del Atlético de Madrid.
Sin excepción, todo país tiene un equipo que se identifica más con las clases sufridoras. Bueno, con una excepción: Italia. Allí, hasta el todopoderoso AC Milan se convierte en el equipo familiar, patriótico y, por ello, modélico. Desde mediados de los ochenta, con el surgimiento del mejor Nápoles de la historia –el de Maradona-, el mágico ‘Toro’ de Lentini o la no menos vistosa Sampdoria –la de Gullit-, los “outsiders a la italiana” están de moda.
Italia: Samp, Nápoles, Torino…
Ahora bien, como decíamos, la Sampdoria tenía a Gullit; el Nápoles, a Maradona. Me refiero a la falsedad que supone el hecho de cualificarlos como los equipos guerreros, aguerrido, etc. No eran los héroes que se quieren hacer recordar; eran equipazos reforzados a base de talonario. Como todos. Es cierto que siempre había un Vierchwood, un Lombardo, un Vialli o un Francini que ponían en pie el estadio al recuperar tres balones seguidos o perseguir a un rival por toda la banda, pero ahí estaba la clase del holandés y el talento de la zurda de oro.
Hoy en día, ambas escuadras disponen de algún luchador candidato a ser el Gattuso del futuro pero, visto lo visto, no muchos serán los éxitos que estos jugadores les garanticen. Una ‘Samp’ semirrecuperada lucha, -sin ’Mr.Dreamgoal’ Quagliarella pero con “Il Tallentino” Cassano, ídolo del viejo Bari- por volver a estar entre los 6 grandes en Italia mientras los napolitanos, siempre rodeados de una aura divina que perdura desde tiempos del Pelusa, siguen venerando a los hermanos Cannavaro –y perdiendo en la Serie A- en vez de buscar a su nuevo Zola. El siempre carismático Torino parece tener un único objetivo desde hace años: jugar un derbi contra la Juve –y ganarlo, claro-. Por fin, la cita está asegurada esta temporada. Otra cosa es la victoria. Para conseguirla, se disputa con el Nápoles –qué casualidad- a Recoba, un artista charrúa de carácter difícil en declive, de rendimiento irregular pero de genial conexión con las masas. Como Cassano.
La clave es esa, que las masas se identifiquen. El Inter se construye alrededor del pretoriano Materazzi; el alma del Milan es Gattuso, el ‘fascio’ Lazio quiere resurgir con Rocchi –su nuevo Di Canio-; una Fiorentina podrida acoge al abuelo Vieri. Sin embargo, siempre hay excepciones: Roma y Juventus, con más clase desde Platini y Giannini, se resisten a perder sus estandartes, que son italianos, sí, pero ante todo un par de genios: Totti y Del Piero.
Del orgullo al catenaccio
Por lo demás, el fenómeno del equipo proletario ha derivado allí en algo mucho peor: el capellismo –en los banquillos- y el materazzismo –en la cancha-. Lo que mola ahora en Italia es robar balones y chillar, dar entradas por detrás y mirar con chulería al rival o a las gradas. El genial sistema del líbero, que tanto dio al fútbol con Scirea, Baresi, Blanc o Krol –este último con el Nápoles hace ya mucho tiempo-, se ha transformado en líneas de cuatro o cinco con un par de pivotes defensivos. Los centrales, nunca a más de quince metros del portero –el único libre del Calcio al que no suspendería en los últimos años es Couto. Imagínense como esta la cosa.
Recoba, Cassano, Gattuso, Materazzi, Rocchi, Di Canio e incluso Maradona; todos son futbolistas que, de un modo u otro, enganchan a la afición. Unos, por su mal genio; otros, por su excentricidad; otros, por su garra. Los hay más y menos vistosos, mejores y peores, pero el club siempre los acaba utilizando como elemento mediático. Y eso es lo que destroza el fútbol. ¿Saben quién es el Alonso, Nadal o Gasol de turno en la publicidad italiana? Gennaro ‘Rhino’ Gattuso. Se sorprenderían con la relación que guardan las técnicas publicitarias y toda la parafernalia del espectáculo con lo que al final se ve en el campo. En Italia han escogido ese camino.
¿Qué está pasando?
Pero bueno, la cosa les va bien. El fútbol italiano sigue convulso por escándalos de corrupción y amaño, las mafias se sientan en los palcos y ‘sacchiales’ se lamentan de la fuga de talentos –ojo con Giussepe Rossi y Rolando Bianchi-, pero…¿Quién ganó el pasado Mundial? Ellos, y eso no se lo quita nadie.
Lo grave es que están tan orgullosos como los miembros de la odisea griega en la Eurocopa o el antibrasil de la última Copa América. O Liverpool y Milan, flamantes finalistas de la última edición de la Champions. Ay, amigos, al final habrá que aprender de Dunga y de Capello, o buscar el espíritu de Juanito. O admitir que Raúl ha resucitado. Rudeza, rudeza, futbolistas trabajadores, que llevan a la victoria. Y todos tan contentos.
Del dinero de Cerezo y del Rey
Olvidémonos del peor catenaccio y volvamos, para finalizar, al fútbol de la ‘prole’, con una película que se montó un buen amigo colchonero. Era algo así como… que va el rey y dice “Sofi, Sofi, prepara los bocatas de chistorra que hoy vamos a ver a mi Atleti al Calderón. Si es que respiro fútbol, mujer, me siento uno más… ¡Hoy Remontamos a los alemanes y nos colamos en la final de la UEFA!” No sé de qué se ríen, igual hasta es verdad. Y a golpe de talonario –también con Riquelme y Motta, según me hacen saber-.