Archivado en: Futbol es pasión

J. Tejedor
Se cierra la puerta del autobús que debe llevar al Barça al Estadio Olímpico de Roma. Los rostros de los futbolistas, hieráticos, semblante serio, son el epicentro del áurela silenciosa de concentración que envuelve a la expedición blaugrana.
El denso silencio que copa la atmósfera se ve de pronto atravesado por los primeros acordes de violín del ya archiconocido ‘Viva la Vida’ de Coldplay. Tímidamente al principio, el ritmo ‘in crescendo’ de la terapia musical de motivación de Guardiola va penetrando en el alma de los jugadores casi como deslizándose. Las venas del cuello rebosan energía, el pecho se hincha en señal de respiración profunda que transmite confianza, serenidad y seguridad para afrontar el lance decisivo. El vello de los brazos de los futbolistas se eriza de repente, sin avisar, con un escalofrío que se entromete en el ambiente y se desliza por la espalda de cada uno de los miembros de la comitiva. Conscientes de la quimera que tienen delante, de la responsabilidad que recae sobre sus hombros, se miran entre ellos. La sintonía es total. La comunión, inmejorable. La simbiosis, irreversible. Están preparados porque han conseguido, en pocos meses, el arma más mortífera que existe en un terreno de juego: son uno.
“I used to rule the world…”. La primera frase de la canción es suficiente. “Solía gobernar el mundo”, recuerda con un susurro nostálgico y esperanzador Chris Martin. Puyol, sin apartar la vista del frente, es consciente de su papel: es el líder, el espíritu, el caràcter de este grupo humano. No puede fallarles. Hoy es el día que más le necesitan, el día en que, con la defensa lastrada por las bajas, deben frenar uno de los ataques más mortales del continente. El capitán se concentra en mantener unido al grupo para hacerlo fuerte. Messi cierra los ojos. Por su retina desfilan todos y cada uno de los eslàloms con que ha embelesado a todo el mundo. Sus genialidades. Sus toques. Sus goles decisivos. La medalla olímpica. La lesión que le apartó de París. El balón de Plata que le supo a poco. Es su día. El día en que debe demostrar que es, ya por fin y sin discusión, el número uno del mundo. Debe rubricarlo ante quien, por error, ostenta el galardón. Confía en sí mismo. Confía en el equipo. Sabe que no está solo, que sus compañeros le buscarán, y que él podrá buscar a cada uno de sus compañeros. Hoy es el día de sentar cátedra e iniciar una nueva era de reinado futbolístico. Está tocado por la gracia divina con que tan sólo unos pocos elegidos han sido dotados alguna vez.
Eto’o baja la cabeza. Él también gobernó el mundo, el mundo del área y del gol, del ser pieza clave, jugador decisivo e imprescindible. Dos lesiones y su bocaza le arrebataron su condición de intocable, y hoy es el día de rematar el férreo trabajo de toda una esforzada temporada y volver a convertirse en indiscutible. Iniesta y Xavi miran al tendido, al horizonte. No lo encuentran, puesto que es como su talento: cuando parece que han llegado al límite, al cénit, descubres que no tiene final. Sin ni si quiera mirarse, seguramente estarán maquinando al unísono cómo sentar a los correosos medios ingleses. Igual que en el terreno, se entienden simplemente con el pensamiento.
Piqué ha aparcado el I-pod y repasa mentalmente todos y cada uno de los mecanismos de la delantera del Manchester. Con Puyol desplazado al lateral y Touré como improvisado compañero, es el turno de Gerard de gobernar con majestuosidad y contundencia la zaga azulgrana. El marfileño parece tranquilo, con expresión indiferente. Como Henry. La presión no va con ellos: la constancia y el trabajo bien hecho durante muchos meses les proporciona la tranquilidad de que nada puede salir mal. La sangre fría va a ser algo fundamental en ambos para estar a la altura. Detrás de ellos, Valdés. Con heavy metal atronándole los oídos, el cancerbero dibuja una sonrisa de sobradismo y autocomplacencia que revelan que no piensa rebajarse ante nadie. Hoy no. Hoy no le van a batir.
Con los acordes de violín retumbando en sus sienes saltaron los once héroes al campo para gobernar el mundo. Y lo hicieron. Valdés estuvo monumental en los dos momentos clave. Eto’o derrochó garra y gol a las primeras de cambio. Se golpeó con fuerza las venas donde le hierve esa sangre caliente que, cuando arde, le convierte en imparable. “Lo llevo en la sangre”, parecía reivindicar un Eto’o insaciable. Puyol cohesionó e implicó al grupo con su despliegue de fuerza, coraje y sacrificio incansable. Piqué mandó y ordenó atrás como un veterano, mientras Fergusson se maldecía los huesos por dejarle marchar. Xavi e Iniesta inventaron, marearon, picardearon, fantasearon y deleitaron a todo amante del buen futbol. Lo suyo es otra historia. Juegan a otro ritmo, a otra velocidad. Escriben poesía con sus botas y un balón.
Y Messi, el más pequeño de todos, se elevó por encima del resto para coronarse como nuevo emperador del fútbol mundial. Con la testa, con la caja mágica donde maquina cada una de las obras de arte con que deleita a los más exigentes gourmets futbolísticos, sentenció con majestuosidad. Tras un remate impecable, de manual, aterrizó lentamente, una nube le posó como en volandas en el césped, con suavidad. Y se besó la bota, plasmando el amor con que realiza cada toque, ofreciendo el mimo que pone en cada regate, la pasión con que convierte cada uno de sus goles. Oro y laurel para las sienes del nuevo emperador del reino del fútbol.
En la sombra, en ese segundo plano que tanto adora, el artífice de todo. Guardiola, el hombre que fue capaz de coger a un grupo alicaído y deprimido para convertirlo en un engranaje de fútbol perfecto, con precisión suiza y ‘rauxa’ catalana. El maestro, el poeta, el pensador, el último profeta del fútbol moderno. Él también gobernó el mundo cuando cada balón, cada posesión del Barça tenía que pasar obligatoriamente por sus botas para cobrar sentido alguno. Hoy ha podido contemplar cómo un bloque hecho a su imagen y semejanza se ha elevado uno o dos escalones por encima del resto con un futbol muy pocas veces practicado.
El Barça vuelve a gobernar el mundo… del fútbol. Después de una temporada de un fútbol maravilloso, de ensueño, de avanzar en la liga y galopar en Europa. Se ha impuesto una filosofía, un ‘savoir faire’, una forma de entender la vida.
Hoy era un día para brindar. Más allá del resultado, se ganara o se perdiera, por lo que hemos disfrutado este año. El Dios del fútbol, si es que existe, ha demostrado que esta temporada aboga por la justicia y ha otorgado a cada cual lo que se merece.
Enhorabuena, campeones.