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“Había llegado el momento de separarnos”
Julio 18, 2008, 12:05 am
Archivado en: Futbol es pasión

Ya está hecho. Rápido, previsible. Pero no por ello menos doloroso. El mejor jugador del mundo y probablemente de la historia ya no pertenece al Barça. Hoy, en su presentación en Milán, ha exhalado estas palabras que expiraban de entre sus labios como un suspiro que pretendía esconder un lamento que empañaba un día feliz.

 

Quizás Ronnie aún no ha asimilado que ya no volverá a enfundarse la elástica azulgrana, sentirá palpitar su corazón bajo el escudo por el que tanto ha dado y del que ha sido embajador en todo el mundo, y tras el tradicional “… y Ronnie: tú a lo tuyo. Diviértete y así ganamos seguro” con el que Rijkaard solía terminar las charlas, salir al campo a divertirse él, divertir a la gente y seguir haciendo historia.

 

Porque, guste o no, Ronaldinho es historia viva del fútbol: no se ha conformado con jugar al fútbol, sino que ha ido más allá y lo ha reinventado a cada jugada. El último en hacer eso fue Cruyff, que puso en práctica el llamado “fútbol total” con su naranja mecánica y luego lo perfeccionaría con el Dream Team culé. Este patrón del “todos atacan-todos defienden” impregnó rápidamente todo el mundo del balón y pronto se convirtió en lo que llamaron el “fútbol moderno”, cuyo invento se remite siempre a “el flaco”.

 

Ronnie ha ido más allá y ha fusionado el fútbol moderno, basado en un colectivo fuerte en que no tienen cabida las individualidades, con aquel modelo ya antiguo de Pelé, Di Stéfano e incluso Maradona, sustentado en un fuera de serie y diez más bajo la premisa “dádsela al que sabe”. Ronaldinho ha mezclado la filigrana, el malabarismo, el adorno, la artificiosidad, la belleza, con la efectividad, la agresividad, la verticalidad y el hambre de victoria obteniendo como resultado el ESPECTÁCULO. El Barça de Ronaldinho no era un equipo de Ronnie y diez más, al contrario: era un bloque, un colectivo fuerte, lleno de grandes jugadores, que contaba con la seguridad de Valdés, la clase de Márquez, el coraje de Puyol, la solvencia de Edmilson, la elegancia de Xavi, el baluarte de Deco, la genialidad de Iniesta y el gol y la garra de Eto’o, y que además practicaba el mejor juego colectivo nunca visto sobre un césped. Un gran conjunto, sí, imparable. Pero según los amantes del llamado “fútbol moderno”, incompatible con una gran estrella acaparadora y con ansia de protagonismo, como pretendían pintar a Ronaldinho.

 

Pero Ronnie es especial. Es un tipo generoso, alegre, humilde, sociable, solidario… su carácter es el del anti-crack. Sus cualidades de maestro de maestros y su actitud dentro y fuera de la pista convierten a Ronaldinho, más que en un futbolista, en una forma de entender la vida. Él le enseñó a este equipo cómo jugar. Que a pesar de sus diagonales largas a Giuly, los cambios de orientación de Márquez eran imprescindibles. Que a pesar de su gran desplazamiento de balón, la distribución de Edmilson era necesaria. Que a pesar de ser el líder indiscutible dentro y fuera del campo, Xavi debía ser el cerebro y llevar la batuta, el tempo y el peso del juego del equipo. Que a pesar de su llegada al área, los goles lejanos de Deco también eran indispensables. Que aunque el Elegido fuera él, podía potenciarse aún más si se combinaba con el talento infinito de Iniesta. Que aunque fuese de lejos el más desequlibrante, Eto’o era sin duda el más decisivo. Que su presencia no cerraba las puertas a los nuevos talentos, sino que Messi a su lado crecía a pasos agigantados. Ronaldinho enseñó a jugar a este equipo.

 

Ronaldinho, señoras y señores, dejó anticuado el “fútbol total” o “fútbol moderno” e inventó el “fútbol contemporáneo”: el “fútbol espectáculo”. Y quienes le critican, quienes no saben valorar su tarea no sólo en el Barça, sino en el mundo del fútbol en general, son aquellos que todavía no han sido capaces de hacer este cambio de mentalidad, esta evolución, y se han quedado estancados en aquella idea hoy en día ya anticuada de que un bloque de grandes jugadores no es compatible con una leyenda de la historia.

 

Todo el mundo está de acuerdo que él está no uno, sino dos o tres escalones por encima del resto. Y esto lo sostienen sus más fervientes seguidores, pero también (y lo que es más triste: sin ser conscientes de ello, porque si lo fueran quizás recapacitarían antes de menospreciarlo) sus más sanguinarios detractores: Los que dicen que el Barça se ha hundido por culpa de la ausencia de Ronaldinho están diciendo, con esto, que el Barça sin Ronaldinho no es nada. Cargarle con toda la responsabilidad del declive del equipo es una manera de reconocer que es el más grande de la historia. Si no lo fuera, si fuera uno cualquiera, el Barça no se hubiese resentido por su mal momento: en una plantilla de 22, si uno no está bien quedan 21 que sí lo están, y de estos 21 hay once que pueden mantener el listón. A no ser que, precisamente, el que no está sea el jugador más maravilloso de los habidos y por haber en la historia del fútbol.

 

 

Ronaldinho ya es un hito. Tiene aún 28 años, unos juegos olímpicos por delante y un nuevo reto que le entusiasma. Hoy, cuando ha saltado al césped de San Siro entre confetti rossonero y al ritmo de Queen, sus ojos brillaban de manera especial. Quizás, nostálgicamente, recordaba su presentación en Barcelona, y los flashes de los grandes momentos que vinieron después (golaços, voleas, espaldinhas, elásticas, rabonas, sombreros… y no sigo con el repertorio porque no termina nunca y podría extenderme sobradamente todo lo que quisiera), y se sintió con fuerzas para volver a repetirlo. Quizas, hoy, por primera vez en mucho tiempo, Ronaldinho ha vuelto a sentirse futbolista. Quizás sea campeón olímpico, gane una Champions en el Bernabéu (sería un buen guiño a los culés, siempre que no la gane contra el Barça) y repita campeonato del Mundo, esta vez como capitán de una verdeamarelha que ya sería hexacampeona.

 

O quizás no. Quizás no vuelva a levantar ningún otro trofeo, ya sea a nivel individual o colectivo (aunque esto no es decisivo a la hora de hacer balance y pasar a la historia como un Dios del fútbol: por seguir con el mismo ejemplo, la Holanda de Cruyff nunca ganó un Mundial). Quizás Ronaldinho no vuelva a rayar nunca al nivel tan alto que él mismo se puso en el Barcelona. Por otro lado, eso no sería del todo ilógico: nadie en la historia ha jugado y nadie lo va a hacer como Ronaldinho lo ha hecho en el Barça. Hoy por hoy, ya es una leyenda. Sólo falta que el tiempo lo ponga en su lugar.