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CUANDO SE PIERDE LA SONRISA
Septiembre 27, 2007, 11:52 pm
Archivado en: Futbol es pasión

J. Tejedor 

     

Hace ya unos diez años que vi jugar al fútbol a aquel niño. Era un chico delgaducho, moreno, con el pelo rapado y unos dientes grandes y feos. Pero él, lejos de acomplejarse, nunca los escondía. Mostraba orgulloso en todo momento la gran dentadura que ostentaba con la sonrisa más amplia y sobre todo más sincera que he visto nunca. Esa sonrisa histérica e incontenible, junto con dos ojitos negros juguetones, revelaban que se trataba de un niño revoltoso, travieso y descarado. Un niño que era capaz de sentar a Dunga, el capitán de la Tetracampeona del mundo, con la “finta del loco” (su famoso dríbling de rabona) y quedarse tan ancho. Se le veía feliz cometiendo injurias simpáticas como aquella. Los gritos de “mercenario, mercenario” que le brindó el público del club de su corazón el día de su despedida no eran suficientes como para difuminar el arco de sus labios. 

Pronto me di cuenta de que aquél churumbel del fútbol brasileño no era  en realidad tan niño como me había parecido a primera vista. La temprana muerte de su padre, cuando él aún se dedicaba a regatear a su perro en el patio de la favela donde nació, le había hecho madurar. Pero una tragedia como tal no logró arrebatarle su sonrisa. Él seguía exhibiendo orgulloso sus abultadas encías y sus desordenados dientes por los campos de su país. Cuando el candor de su sonrisa deslumbró más allá del “charco”, desavenencias por el precio de sus derechos de formación le mantuvieron apartado de los terrenos de juego durante seis meses. Un periodo de tiempo que no le supuso la pérdida de las ganas, el hambre, la garra, la chispa, el regate, la visión… ¡la fantasía! con la que después encandilaría al resto del continente. Y lo que es más importante, este duro trago tampoco logró marchitar su estrambótica sonrisa. 

El niño siguió creciendo y asombrando a todo cuanto osaba observarle bajo lupa para poner en duda sus cualidades. No obstante, nunca perdió aquella chispa de travesura y descaro que le llevaron a batir a todo un David Seaman en los cuartos de final de una Copa del Mundo desde casi el centro del campo. Ni siquiera el hecho de ser expulsado pocos minutos después le hizo perder la alegría que desprendía su expresión facial, puesto que era consciente de que sí estaría para disputar la gran final que le coronaría a escala mundial. Tampoco le hicieron perder la sonrisa las diferencias con su entrenador la siguiente temporada: era consciente que, después de aquél año de trámite, daría el salto a un club grande y eso le daba fuerzas para seguir mostrando al mundo los frutos de sus encías. 

Pronto llegó al Barça y la sonrisa del mago se consolidó como perenne: la alegría que desprendía su brillantez impregnó a una afición y un equipo desilusionados y de capa caída. El primer año en el Camp Nou se destapó como el mejor jugador del planeta y uno de los mejores de la historia. El segundo llegaron el buen juego y el primer título. En su tercera temporada llegó al cenit, la cumbre, el clímax de su carrera deportiva: estaba no uno, sino tres o cuatro escalones por encima del resto. A título individual era sin discusión el número uno del mundo y quizás de la historia. Y a nivel colectivo, su equipo era el que mejor fútbol había sido capaz de desplegar por lo menos en los últimos quince años.  

El sueño de todo aspirante a futbolista estaba cumplido. No podía pedir más. Estaba escribiendo la historia del balompié en letras de oro tanto individualmente como a título de equipo. “Ronaldinho” era un nombre que convertía en irrisorios adjetivos como “fantástico”, “mágico”, “apoteósico”, “genial” y muchos más sinónimos que quedaban en nada. Como decorado de lujo, el nombre del F.C. Barcelona. El Barça de Ronaldinho estaba ya a la altura del Barça de las 5 copas, del Dream Team, del Barça de Cruyff, Neeskens, Asensi, Reixach y compañía y, por supuesto, muy por encima del Barça de Maradona o el de Ronaldo. Sin duda se trataba de un gran colectivo con grandes individualidades como la seguridad de Valdés, el liderazgo de Puyol, la entrega de Deco, la imaginación de Iniesta, la clase de Xavi, la fantasía de Messi o la garra de Eto’o. Pero, por encima de todo, este era El Barça de Ronaldinho. 

El niño seguía siendo un niño que sonreía con total sinceridad cada vez que algo le ilusionaba o le gratificaba. Pero eran tantos factores de felicidad suprema que se sobreponían que ni la inmensa sonrisa del infante podía abarcarlas. Fue forzando y forzando las comisuras de su boca hasta que estas se empezaron a rasgar, y cuando no pudo aguantar más verlas sangrar de su esfuerzo decidió aflojar un poco su exuberante expresión de la felicidad. Y la sonrisa se fue difuminando. Y se transformó en una boquita de piñón que transmitía seriedad, incluso indiferencia. Era un “vale, con 26 años y en tres temporadas ya he conseguido todo lo que tenía que hacer para pasar a la historia como el más grande… y ahora, ¿qué?”. 

La falta de ilusión e incentivo convirtió la cuarta temporada de Ronaldinho en el Barça en un peregrinaje pesadumbroso, cansado, indiferente y decepcionante. Quizás sea verdad que las salidas nocturnas pasaran de ser una evasión y una recompensa después del esfuerzo de un triunfo a convertirse en un elemento más de una rutina que ya no le llenaba y no le impulsaba a seguir hacia delante. Ese vacío interior, ese sentir que, una vez alcanzado el nirvana futbolístico, ya no había motivo por el que seguir esforzándose a ser el mejor (para qué, si ya lo era?), fue lo que perdió a Ronaldinho. Eso encendió al sector más conservador del Camp Nou una minoría pesimista y cascarrabias que está esperando siempre al mínimo desliz de cualquier futbolista para saltarle al cuello. Y como más bueno sea el futbolista, más pequeño puede ser el error para que haya que crucificarlo con una lanza entre las costillas. 

Una minoría que, sin embargo, perdonó la charlatanería de Eto’o y sus salidas de tono, la mala gestión del vestuario por parte de cuerpo técnico y directiva, la apatía de Zambrotta, la baja forma de Oleguer… todo olvidado, excepto a Ronaldinho. Igual que a su mejor amigo, Motta, al que silbaron incluso el día de su despedida, en uno de los mejores partidos que se le recuerdan con el Barça (gol incluído). Se ha perseguido a Ronaldinho pistola en mano, lupa entre líneas, coma por coma, punto por punto. Y se le ha criticado hasta por beber agua después de los entrenamientos. Me remito al primer párrafo para recordar que ni siquiera los pitidos de la afición que lleva en el corazón consiguieron borrar la sonrisa. Sí lo han hecho los del Camp Nou. Han conseguido torcer la curva 180º hasta transformarla en el más sincero llanto de un niño cuando su padre, al que admira y venera hasta la saciedad, le regaña sin miramientos por una causa injusta. 

Un padre que Ronaldinho nunca tuvo y que creyó haber encontrado en la grada del Camp Nou, a la que ama con delirio. Pero ahora ha encontrado que no ha sido así: el desagradecido y amnésico público del Camp Nou le traicionó dándole la espalda y propinándole abucheos que ni al mismo Figo el famoso día de la cabeza de cerdo. Se ha tratado al mejor jugador del mundo (y por qué no de la historia) de una forma injusta e inmerecida. Y si realmente no es tan grande, no habérselo hecho creer cuando estábamos a tiempo. Pero lo es. Vaya si lo es. Por eso ahora no debemos negárselo. 

Ahora hay que estar con él y apoyarle. Se siente solo, traicionado y, por primera vez en su vida, quizás asustado. Debemos entre todos poner un par de dedos en ese mentón y hacerle levantar la cabeza. Que se dé cuenta de cuánto lo queremos. Si no fuera así, no hubiésemos mostrado decenas de pancartas el día en que él no estaba, ni hubiésemos coreado su nombre el día en que no participó de la fiesta colectiva familiar. 

El aficionado del Barça es un gourmet balompédico y por eso ama a Ronaldinho, por ser el mejor chef de la actualidad en estos páramos. Y Ronnie es joven, tiene bastante fútbol por delante. Una vez auguró que jugaría diez temporadas en el Barça, y así esperemos que sea. Sólo debemos arroparle para que se sienta confortado, seguro, y vuelva a arrullar a su más preciado tesoro, el balón. Sólo él sabe mimarlo como se merece: con ternura, con amor… un idilio perfecto que esperamos poder tutelar muchos años más aquí en Can Barça. Porque Ronaldo d’Assís, que así se llama el niño, era, sigue siendo y será siempre el mejor.


1 comentario por mucho
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És sense cap mena de dubte el millor escrit futbolístic que he llegit en la meva vida. Tens l’honor d’haver-me deixat esmaperdut, aturat, garratibat, cristalitzat i verdaderament emocionat en un sol minut.

Diumenge aniré al camp i cridaré més que mai el nom de ronaldinho, aplaudiré més que mai els seus tocs de pilota. Venero la figura de Ronaldinho des de que va arribar al barça però últimament s’ha fet dificil aquesta oració setmanal, espero amb tot el cor que Ronaldinho torni a les andades dels millors cracks del món. Per molt Barça que siguem, sense ell res hagués sigut possible.

Ánims Joan!

comentario por Jaume Carbonell




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