Archivado en: Futbol es pasión
por J. Tejedor
Después de muchas semanas, demasiadas quizás, retomamos la actividad en este pequeño rinconcito de la web en el que nos tomamos la libertad de expresar a nuestras anchas las distintas opiniones que comprende el grupo de colaboradores de este espacio. Nuestras respectivas ocupaciones personales, entiéndase por ello compromisos laborales y estudios, nos han impedido estos dos últimos meses mantener el blog en actividad con la constancia, la dedicación y el esmero que creemos que se merece. Pero ahora que algunos de los miembros de esta comunidad no sectaria disponemos ya de más tiempo libre y esperamos que pronto lo hagan la totalidad de los que aquí firman, decidimos volver a la carga con nuestra amada “futbolitis”.
Para iniciar el resurgir de esta página me gustaría maldecir nuestros huesos el día en que decidimos el nombre que usaríamos como dominio en internet. Tras varias propuestas que no nos convencían a ninguno, apareció el nombre de “goal average”. Una voz de las que comandaban el proyecto argumentó que sonaba “fresco, novedoso y puntero, pues marca la diferencia entre el campeón y el derrotado”. Mi posición personal no era de oposición total a llamar así a nuestra web, ya que estaba de acuerdo con que “goal average”sonaba muy bien y muy “cool”, pero sí que apunté que era la manera más ruín y más cobarde de ganar un campeonato.
Y un castigo divino recayó sobre todos nosotros por no reparar en ese detalle. Este año la Liga se decidió gracias a esta desafortunada norma (lo que, por otro lado, nos debería haber dado cierta publicidad) y el resultado fue el peor posible. Mientras a la Federación se le llena la boca proclamando que la liga es el torneo que premia la REGULARIDAD, la constancia de los equipos, permite que su resolución sea así de nefasta: el goal average particular es el que decide el campeonato en caso de que dos equipos estén empatados a puntos tras disputarse la última jornada.
El equipo que más merecía este galardón a la REGULARIDAD se “retiró” de la lucha a falta de varias jornadas para el final: superar a sus dos rivales era prácticamente imposible, y en caso de que les alcanzase la diferencia de goles en enfrentamientos directos le era siempre desfavorable. Por lo tanto, con dos finales a la vista, centrar los esfuerzos en la liga era un desgaste innecesario e infructuoso de energías. Eso bipolarizó la lucha por el campeonato en las últimas jornadas entre los dos aspirantes que menos merecían el título: uno por practicar un fútbol paupérrimo, rancio, a trompicones y ganando los partidos en el último minuto con goles de dudosa legalidad. Otro, por haber demostrado saber practicar un fútbol de fantasía y no haberlo hecho por distracciones ajenas, problemas mediáticos y de disciplina y un pésimo trabajo físico en la pretemporada. Finalmente, el título se decidió a favor del primero por el goal average particular. O lo que es lo mismo: una lesión puntual y una expulsión injustas.
¿No sería más lógico que, en un torneo (repito) en el que se premia (como a la RFEF se le llena la boca) la regularidad, se computaran los goles realizados durante TODO el campeonato? ¿Cómo es posible que un equipo que gane 36 partidos 1-0 y de penalti pueda quedar campeón por delante de otro que gana 36 partidos 27-0? Y ya, si se quiere rizar el rizo, se podría calcular el “goal average por partido”. Sería algo así como calcular la media de goles a favor por partido de cada equipo y restarle la media de goles en contra por encuentro. Sí, ya sé que esto es ridículo, tan ridículo como la norma que rige actualmente.
Cuando hay dos equipos igualados al frente de la tabla, bien es cierto que para saber cuál de los dos merece más el título es conveniente averiguar cuál es el mejor de ambos. Pero esto no se soluciona mirando cuánto quedaron en los partidos de la liga regular, cuyo resultado puede venir marcado por un (o varios) error(es) arbitral(es), una lesión puntual, una sanción… Así pues, como ocurre en otras ligas del mundo, la solución más justa deportivamente hablando sería que se disputase un partido de desempate en un terreno neutral.
Si la solución es ver cuál de los dos es mejor en enfrentamientos directos, ¿qué mejor que un partido único, a cara o cruz, para decidir el título? Teóricamente, ese todo o nada, ese gloria o humillación, tendría que motivar a los jugadores de forma que derrocharan todo lo que llevan dentro en un campo de fútbol, que defendieran su orgullo personal y el de los colores que defienden. Pero aquí el único orgullo tanto de jugadores como de organizadores es poder lucir su nuevo coche, y el único color que se siente es el verde de los billetes… y en el plano deportivo, que siempre es lo de menos, ya les conviene a todos que sigan ganando los de siempre.