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Imanol Crespo / Pamplona. En un rincón de mi corazón culé, por mi relación con Navarra, siempre he tenido un gran afecto a Osasuna. Ayer, el equipo rojillo podía hacer historia en Europa. Una vez más, el sueño se esfumó.
En verano, con la marcha de Aguirre y el fichaje del Cuco Ziganda, la desconfianza y la preocupación se hicieron un hueco en mí. A medida, que avanzó la temporada parece que el Cuco ha ido cumpliendo con su obligación (siempre la permanencia) y, para sorpresa de todos, llevó al equipo a las semifinales de la copa de la UEFA; algo inédito. Yo empezaba a reconocer mi error de desconfiar en él, pero ayer, todo se esfumó y el partido me dió la razón.
El partidazo de El Sadar; sí El Sadar y no El Reino de Navarra (pura propaganda del gobierno navarro), demostró que el equipo podía hacer frente a uno de los mejores equipos de la liga española. Para conseguirlo hacía falta, y perdonen por la expresión, “echarle huevos”. ¿Como se le ocurre al señor Ziganda salir con esta alineación? Prácticamente todos los medios eran defensivos y un único delantero: Webo. El goleador osasunista luchó el balón como ninguno (nunca mejor dicho por que estaba sólo) pero cuando lo controlaba no tenía un compañero para asistirle y hacer jugada. Se tenía que conformar con regalar la pelota. De hecho, me atrevo a afirmar que el Cuco Ziganda regaló la primera parte. Así, nunca se puede pasar a una final europea.
Pese a mi afición por Osasuna, el Sevilla es el merecido finalista y por ello les felicito; igual que por su gran temporada que están haciendo, pese a la dureza de permanecer, todavía, vivo en las tres competiciones.
